PUNTO DE CONTACTO
EDICIÓN ANIVERSARIO – 30 AÑOS

Del barroco mexicano

Elena Poniatowska

Traducción:Traci Roberts-Camps
Assistant Professor, Latin American Literature and Film
Dept. Modern Languages and Literature
University of the Pacific
Stockton, California

“El doctor se despide al lado de la cama:
―Señora, estoy a su servicio.
―Muchas gracias, señor.

Al pie de la cama:
―Considéreme, señora, su más humilde servidor.
―Buenos días, señor.

Deteniéndose cerca de la mesa:
―Señora, le beso los pies.
―Señor, le beso la mano.

Acercándose a la puerta:
―Señora, mi pobre casa, y lo que contiene, y yo mismo, a pesar de ser inútil, y todo lo que tengo, es suyo.
―Muchas gracias, doctor.

El doctor vuelve la espalda para abrir la puerta, pero vuelve a darse la vuelta después de abrirla.
―Adiós, señora, recuerde que soy su más humilde servidor.
―Adiós, señor.

Por fin se va, pero entreabre la puerta y asoma la cabeza:
―Buenos días, señora.

Antes de Eduardo Galeano y Cedric Belfrage, Frances Erskine –la Marquesa, Calderón de la Barca—en  La vida en México, toca con mano exasperada, el barroco mexicano. Las palabras van y vienen, crecen, se agigantan y nunca salen del cuarto. Enterrada por palabras, la Marquesa Calderón de la Barca no sabe cómo abrirse camino.  Las palabras, como los mexicanos, están siempre ahí, derramándose, repitiéndose. No tiene sentido decir “adiós” porque nadie viene a la puerta. Sin embargo, siestas verbales pueden volverse fiestas verbales como en el caso de Alejo Carpentier, el gran escritor cubano, sobre todo en su Concierto barroco. El barroco es la figura de una mujer con el violonchelo entre las piernas. 

Algunas mujeres mexicanas son como palabras, gordas y ondulantes, soñolientas y lentas.  Viven para siempre, se llenan de orgullo con su bordado, sus hijos, que se inflan al pasar de los años, la cocina los engorda mientras las mujeres la hinchan con especias, condimentos, chocolate, huevos, harina, leche y miel y hasta sus recetas son barrocas, porque... ¿qué puede ser más barroco que un pavo cocido en salsa espesa de chocolate?

El Barroco es redondo y femenino. El Barroco es abundante como las mujeres. El Barroco es vanidoso y presumido e irrumpe en formas que tienen que ser acariciadas lenta y tiernamente. El Barroco hace a las iglesias sensuales y pecaminosas, y los altares se vuelven pechos y matrices. El Barroco cambia la manera de rezar. El órgano difunde orgasmos como olas. El castigo es abolido por el Barroco. 

El Barroco por los siglos ha sido una orquesta de mujeres introducidas por el dichoso maestro Alejo Carpentier:

            “Pierina del Violino…Catarina del cornetto…Bettina della viola…Bianca Maria organista…Margarita del arpa doppia…Guiseppina del chitarrone…Claudia del flautino…Lucieta della tromba…”  Los nombres aun sin las mujeres siguen siendo barrocos.  “Clavicembalo…Viola de brazzo…Clarino…Oboe…Basso di Gamba…Flauto…Organo di legno…Regale…Violino a la francese…Tromba marina…Trombone.”

El Barroco concerti-grossi, Vivaldi, Frescobaldi, Scarlatti, allegros, arabescos y allegrettos llenan los ojos; las palabras son visuales, la música se vuelve visual también, las palabras son música, las escalas y los clavicordios son colores, los arpegios no sólo son sonidos, pintan el mundo para que no podamos oírnos lo cual es una de las bendiciones más grandes de la vida; poder olvidarnos de quienes somos, de lo que somos.  Las mujeres, por ejemplo, románticas y raras, creen en Dios, pero su esperanza verdadera está en el hombre y el amor del hombre. Las monjas por lo general son masoquistas.  Niegan el arabesco. No obstante, ¿qué puede ser más sensual que una monja extasiada mientras prueba su mole negro de Puebla con una cuchara larguísima en una olla muy profunda donde ha sido cocinado desde siempre?  El mole, usted ha de recordar, es un pavo, grande y gordo, hirviendo en miles de especias extraordinarias. 

Frances Erskine, la Marquesa Calderón de la Barca, es perentoria y sagaz. Como el té, es enérgica. No tiene nada que ver con esas tazas pesadas de chocolate que los mexicanos beben a cualquier hora. En Chiapas, en 1628, el obispo Bernardo de Salazar fue asesinado porque prohibió que las mujeres tomaran su taza de chocolate. ¿Qué puede ser más barroco que esos monjes gordos y sensibles quienes aprietan los labios sobre una taza de chocolate espumoso. Si no se sumergen en chocolate, los dulces, y mazapanes no tienen sabor, dice Eduardo Galeano. Los monjes mexicanos necesitan “una taza de chocolate a media mañana, otra después de la cena para levantarse de la mesa, y otra para alargar la noche y espantar el sueño.” Sus panzas estaban acostumbradas al chocolate, nunca al café. Ahora los monjes toman café para despertarse y decir la Misa Mayor. Pero su buen humor ha cambiado. En la ciudad de Puebla, que es todavía una ciudad muy pecaminosa, a pesar de llamarse Puebla de los Ángeles, Fernando Benítez cuenta una historia de chocolate caliente, batido completamente con un batidor de chocolate de madera, servido a las ocho, antes de la hora de acostarse. Este chocolate era llamado sobriamente: “el chocolatito de los viernes, para fornicar.” Esposo y mujer, ambos en sus camisas de noche largas y blancas, con un hoyo en medio, rezaban antes de saltar a la cama:

            “No es por vicio,
            ni es por fornicio
            es por hacer un hijo
            en tu Santo Sacrificio.”

Aun en el México de 1992, escribir cartas mantiene sus cualidades barrocas.  “Muy Señor mío,” “De usted quedo su afectísimo y seguro servidor,” “Tenga usted la seguridad de mi más alta consideración,” que viene directamente de Versailles y los franceses, “Veuillez-croire a la l’assurance de mes sentiments les meilleurs,” fórmulas que no existen en inglés en los Estados Unidos donde “Cordially Yours” y “Sincerely Yours” son más de lo que la gente puede aguantar. 

Aun la gente que no sabe leer o escribir en México, dictando sus cartas a los evangelistas bajo los arcos de la Iglesia de Santo Domingo en la Ciudad de México, usa las fórmulas barrocas para empezar sus cartas.    

“Por medio de la presente, y deseando se encuentre bien de salud, entre sus familiares y seres queridos, me permito saludarlo y proseguir a decirle lo siguiente.”

En su novela Pantaleón y las visitadoras, escrita en 1973, Mario Vargas Llosa facilita muchos ejemplos de la escritura de cartas barrocas en las esferas más variadas de la sociedad peruana.  El capitán Pantaleón Pantoja, cuando hace un reporte de las prostitutas del ejército, escribe:
           
“El suscrito, capitán Pantaleón Pantoja, oficial responsable por el servicio dado por las mujeres visitadoras, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice:”

Otros capitanes usan un lenguaje igual de florido en sus mensajes oficiales y personales.  Para ellos, es un honor comunicar los asuntos más triviales y la noticia más absurda y frívola que toman horas de tiempo valioso. 

Generales, capitanes y generales de brigada se mandan cartas barrocas oficiales quejándose o disfrutando de la actividad de las prostitutas destinada al ejército. Como los soldados, las prostitutas se ven obligadas a marchar y cantar el himno del Régimen.  Claro, también se ven obligadas a pasar los exámenes médicos. 
           
El Barroco en Perú no termina con Vargas Llosa. Recientemente, el Presidente Alberto Fujimori consintió y sumergió a su país en un acto político barroco. Se dio un coup d’etat, disolvió el Congreso, encarceló a los diputados y los senadores y fue destituido como Presidente de su país por la misma gente que él había declarado inexistente. 

El Barroco parece irreal, fuera de la ley, ajeno, elude las instituciones y llena con pompa los espacios vacíos. Se dobla, sobrecarga sus pilas, se despoja a sí mismo de significado.  El político barroco es abundancia tremenda y desperdicio. Así, Alberto Fujimori rompió la ya frágil estabilidad de Perú y la cubrió con la turgencia de la levadura y diseños de estuco en un intento de esconder su propia incapacidad. 

Otros ejemplos del Barroco político pero no tan recientes podrían ser todos nuestros dictadores latinoamericanos, de Trujillo quien cubrió su República Dominicana con estatuas de su persona, al general Ubicuo de Guatemala quien había sido dentista y para continuar practicando su profesión original, sacó los dientes de sus generales y ministros de estado sin cloroformo mientras escuchaba a Wagner. “Tannhauser” cubrió sus gritos de dolor y su ataque de risa.

El Barroco político en México pertenece a la vida diaria. Viene de los discursos y apariciones públicas de los ministros de estado y los líderes locales, las amas de casa y los policías. El Ministro del Tesoro, Pedro Aspe, ha dictado más de tres mil leyes de impuestos nuevas en menos de tres años, lo cual equivale a más de mil al año y tres cada día por los mil días que ha estado en el gobierno. En Latinoamérica, no necesitamos crear el Barroco, vivimos en él.

Claro, André Bretón y Adre Pyere de Mandiargues también dijeron que éramos surrealistas, por excelencia, y que el surrealismo surgía de la nada y aparecía por cualquier esquina. Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez sólo han reflejado la realidad latinoamericana vivida y muchas veces referida como lo real-maravilloso; lo maravilloso y la realidad mágica que son la base de nuestra vida diaria. Así que nada nos sorprende, nuestra geografía es barroca, nuestra flora y fauna son barrocas, porque saturan nuestros cinco sentidos.
           
En México todo lo que no es clásico es barroco, y todo lo producido en los siglos XVII y XVIII es llamado barroco. La décima musa de México, Sor Juana Inés de la Cruz, también fue barroca. Todavía es la poeta mexicana más grande, como cree Octavio Paz, y su “Carta Atenagórica” es un ejemplo tan maravilloso del Barroco como sus poemas. 

Escribió en 1690 un desafío elocuente y erudito al sermón dado muchos años antes por el jesuita portugués, Antonio Vieira. Su refutación llamó la atención del obispo de Puebla, don Manuel Fernández de Santa Cruz, quien estuvo tan impresionado con su erudición que lo publicó. La correspondencia que acompañó la copia impresa enviada a Sor Juana la elogia por su logro intelectual pero la criticó por no dedicar su energía exclusivamente a los empeños religiosos.

Meses después Sor Juana recibió la carta del Obispo, ella respondió a su crítica en su famosa “Respuesta a  Sor Filotea de la Cruz.”  En su respuesta, ella traza el desarrollo de su “inclinación hacia el estudio,” a su niñez cuando aprendió a leer a la edad de tres años, ganó su primer premio en un concurso de poesía cinco años después y soñó con asistir a la Universidad Real y Pontificia de México. Esta institución de enseñanza superior fue vedada para las mujeres, y ni aun la oferta de Sor Juana de vestirse como hombre le ganó entrada. Porque su “Respuesta” también contiene una defensa del derecho a la libertad intelectual de las mujeres, muchas veces Sor Juana es considerada la primer feminista de América.

Aun al hablar de la muerte, Sor Juana fue barroca. Cuando su único retrato fue elogiado, un retrato que la muestra vestida de monja, en su celda, con la pluma en la mano, ella escribió:

            Este que ves, engaño colorido,
            que del arte ostentando los primores,
            con falsos silogismos de colores
            es cauteloso engaño del sentido;

            éste, en quien la lisonja ha pretendido
            excusar de los años los horrores,
            y venciendo del tiempo los rigores
            triunfar de la vejez y del olvido,

            es un vano artificio del cuidado,
            es una flor al viento delicada,
            es un resguardo inútil para el hado:

            es una necia diligencia errada,
            es un afán caduco y, bien mirado,
            es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

Nuestro barroco no tiene nada que ver con el Occidente, ofrece, como en la Iglesia de Santa María Tonantzintla, una frescura y naturalidad no relacionadas con Versailles. Hacemos nuestro propio Barroco, lo adaptamos a nuestras vidas y a nuestra realidad. Por ejemplo, la arquitectura que llamamos el Barroco mexicano toma elementos individuales del Barroco occidental y los integra a la tradición mexicana, así logrando una síntesis diferente y peculiar, un ejercicio enriquecedor.

Bajo la sombra de la Iglesia de Santa Prisca, en Taxco, el estado de Guerrero, uno de los ejemplos más maravillosos de nuestro Barroco, el platero William Spratling comenzó a pulir plata. Taxco en los años veinte era un pueblo pequeño y tranquilo y todos eran pobres.  “El color verdadero de la plata es blanco como el calor más fuerte y el frío más fuerte; también tiene el color de la primera comida del hombre.”  Los pedazos de plata de William Spratling no eran específicamente barrocos, pero él entrelazó hilos de oro e integró jade, ópalo, amatista, pedazos preciosos de madera, topacio, ámbar y oro en la plata. No sólo hizo joyas de plata, sino también de estaño, “la plata de los pobres.” 

El azar y el destino siempre intervienen en el Barroco lo cual es prueba viva de que todo en la vida tiene muchos lados y muchas formas. Esto es más notable en la cocina mexicana. Los moles y las salsas, lo dulce y lo amargo, las comidas picantes y las especias, el sabor pegajoso de la melaza, del piloncillo, todo mezclado en la gastronomía mexicana. La cocina mexicana, esencialmente barroca, tiene mucho que ver con el Oriente, sobre todo con la India, y con nuestra propia y muy extraordinaria tradición indígena.  Los moles, los guisados y las salsas tienen una relación distinta a la cocina indígena, y si la influencia de la comida española se añade, emerge una mezcla cultural maravillosa.  Los chiles, las almendras, las pasas, los cacahuates, los pistachos, las semillas de melón y dulce de cidra mezclado con ajo y cebolla y todo lo que la cocina española puede traer.  México tiene la gran virtud cultural de juntar e integrar una gran variedad de elementos.

El resultado es una cocina de una riqueza cultural sobresaliente, de un sabor alucinante. Italo Calvino, en su libro Bajo el sol jaguar, describe la cocina barroca mexicana como afrodisíaca, pero su tipo de sensualidad no invita a las relaciones sexuales sino más y más comida, hacia la satisfacción erótica. La cocina española, con sus cebollas y ajos realmente es bastante pobre en comparación con la cocina mexicana. Los pucheros y cocidos que se quedan en la estufa durante quinientos años sin un cambio mínimo muestran muy poca imaginación.

Aun si el pan fue traído por panaderos españoles, los panes dulces mexicanos son barrocos. Las conchas, cuernos, flautas, flechas, orejas, corbatas, piedras, donas y garibaldis, la canela, el coco, y empanadas de chocolate, las galletas redondas y cuadradas, pastelillos de miel, los tamales, los pasteles cocidos en todo tipo de sabores y formas. Los cerdos, los pájaros, las vacas, las víboras, las flores convertidas en pan dulce, nos recuerdan que nos podemos convertir en un cerdo, una víbora y también una flor.  Los bollos, las tartas, las empanadas de carne nos sorprenden con su barroquismo y llenan el espacio, llenan nuestro apetito, llenan nuestra alma. 

La Iglesia de Santa María Tonantzintla, en una aldea pequeña y vacía, cerca de Puebla, es un ejemplo extraordinario del Barroco. Es un gran regalo de la vida, una gran participación de los muchos regalos que esta pequeña capilla nos guarda, en medio de su soledad. Abrir sus puertas es como un ritual de tambores. Los tambores empiezan a pulsar en nuestro cerebro y nunca terminan, los mismos tambores que los mexicanos usan en su baile, en el atrio, en honor a la Virgen. Los ángeles blancos y dorados y los querubines han sido arrojados del cielo al vacío de los campos de maíz, para sorprendernos. 

En Puebla, la capilla Rosario fue llamada la octava maravilla del mundo, pero no tiene el vigor, la fuerza y el encanto de la capilla de Tonantzintla con su profusión de oro, rosado y azul, sus manitas juguetonas, piececitos, cabecitas redondas y caritas; los bebés que parecen estar esperando que les pongan algo en la boca: las piñas y sandías, las uvas enormes y las naranjas cortadas en mitades.

Tonantzintla, construida para glorificar a nuestra madrecita, es suntuosa y triunfante.  También lo son los nombres indígenas de los mexicanos muertos ahora enterrados en la iglesia quienes probablemente participaron en la danza gloriosa, Tequapitla y Toxqui, estucos y exaltados remates, mechones de pelo rubio y moreno, corderos y otras criaturas tiernas cuidadas por San Antonio Abad, el patrón de los animales domésticos. Vivir a plenitud es dar un salto de fe y, antes de que nuestros pies estén firmemente en la tierra, saltar de nuevo. Los saltos del Barroco nunca pueden ser controlados. Cuando pensamos que tenemos todo bajo control, comenzamos a morir un poquito. 

Se requiere mucha fe para vivir un día a la vez, y se requería fe para que estos Indios decoraran la Iglesia de Tonantzintla, cuando los españoles les habían quitado todos sus dioses de fertilidad y guerra, lluvia y trueno, y les habían dado en cambio un dios único que no sólo no usa sus poderes sino que muere en la cruz como una cosa insignificante.  Los mexicanos escogieron las flores y las canciones como su filosofía porque sabían que la vida es corta y la muerte viene rápido, sin hacer ningún ruido.

Todas las decisiones implican riesgo. Todas las decisiones provocan miedo. Hay un elemento de miedo en el Barroco, en los arabescos y las formas variables. Si los techos se nos caen, las formas seguramente nos poseerán, nos sofocarán, nos ahogarán en todo su oro. La vida debe ser un deseo hacia aventuras cuya nobleza fertilice el alma. La aventura del Barroco se hincha en nuestros pulmones y desgasta nuestras mentes monótonas. No estamos acostumbrados a tanta plenitud y nuestra conciencia y nuestras percepciones son mucho más estrechas. Entonces, nos quedamos absortos. Estamos tan acostumbrados a la rutina que esta luz masiva nos da miedo. El Barroco es intolerable. El admirar la belleza no antes vista e impresionante, belleza que tiene que ver con el misterio (y casi toda belleza tiene que ver con el misterio), es una experiencia que amenaza la vida diaria. Lo que nunca cambia es la maravilla indescriptible de ver las transformaciones de lo mundano en arte. 

Los sentimientos en Latinoamérica también son barrocos. El pesar y la pena no son sentimientos que intentamos evadir; al contrario los promovemos, mientras que los americanos los evaden. A nosotros nos agradan, somos muy fuertes en expresar nuestra pena, nuestras alegrías. Así, la muerte se vuelve un banquete donde comemos y bebemos sentados en tumbas, entre calabazas anaranjadas enormes y flores de cempasúchil anaranjadas y amarillas, cazuelas grandes de arroz, pollo, frijoles, cerveza y tequila y todo lo que los muertos comían cuando vivían. Ningún otro país tiene su banquete en un cementerio, con una tumba por mesa, pero nosotros sí. La comunicación con el resto del mundo es barroca. Cuando analizamos nuestro universo y asignamos valores arbitrarios empezamos a desmenuzar nuestras vidas. Nuestra unidad con todas las cosas pierde su valor.  Pertenecemos, siendo barrocos, al universo que no podemos entender.

Mientras departimos hoy, en esta vista de pájaro del Barroco de mi país, he dado igual estatus al cocinar, el arte, las iglesias, los muebles, las mujeres, la música, la literatura, los bebés, los ángeles y las flores. Ningún académico lo haría nunca porque sabría que no debe hacerlo,  pero el Barroco nunca aprende; siempre se desborda y hace demasiado. El Barroco es gordo, tiene pechos grandes, no tiene cintura, y curiosamente nadie se cansa de él, por lo menos no en mi país.

En Vida en México durante una residencia de dos años, la Marquesa Calderón de la Barca nos da un ejemplo final de la conversación barroca:

―¿Cómo está usted?  ¿Se encuentra bien?
―A su servicio.  ¿Y usted?
―Nada nuevo, a su servicio.
―¿Cómo pasó la noche?
―A su servicio.
―¡Cómo me alegro!  Y, ¿cómo está usted, señora?
―A su disposición.  ¿Y usted?
―Muchas gracias.  ¿Y su marido?
―A su servicio, nada nuevo.
―Siéntese, por favor.
―Después de usted.
―No señora, le ruego, usted primero por favor.
―Bueno, pues, para complacerle, sin ceremonias, soy enemiga de las formalidades y las etiquetas. 
―Después de usted.
―Por favor, después de usted.
―Por favor entre, a esta su más humilde casa y tome posesión de ella.  

             

                                                 

 

 

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